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¡Nuevo escándalo, otro que cae!

“Qué tremendo! ¿quién pensaba que este tipo saldría con esto?, tan santo que se veía, que decepción tan grande!… solo esperamos que Dios haga justicia!”

“No puedo creer que alguien con tanto liderazgo haya caído tan bajo, ¿qué va a pasar ahora con sus seguidores?, por culpa de él o ella, ahora muchos se van a perder”!

Estas y muchas frases más son tan familiares cuando alguien cae. Muchas veces la peor desgracia de un hijo de Dios cuando le falla, no es tanto con Dios mismo, sino con sus hermanos. Curiosamente, los cristianos (¿hijos de Dios?), tenemos cierta tendencia de hacer leño del arbol caído, rematar al moribundo, tal vez porque eso nos hace parecer más santos. Es como si Dios nos aprobara más porque descuartizamos moralmente a quien le falló a Él. 

Cuando alguien cae o falla en su fe (especialmente los famosos o líderes de influencia para nosotros) y no somos capaces de perdonar, hasta el punto de comenzar a difamar y atacar porque “No esperabamos eso de esa persona”, eso se llama idolatría…

Todos somos seres humanos, propensos a caer en cualquier momento, no importa si somos muy visibles o no, nadie es perfecto, y cuando alguien cae, nuestra actitud debe ser siempre la de rescatarle con amor, y si no tenemos acceso a esa persona y en verdad nos importa, en vez de difamar, es mejor orar por su restauración.

Si leemos todo el contexto de la parábola de la oveja perdida en Mt. 18, al menos en ese contexto, Jesús no se pone él mismo como el pastor que sale a rescatar a la oveja perdida, más bien es una ilustración para que nosotros rescatemos al hermano que peca, incluso si es a nosotros mismos a quien nos perjudica. Si vemos, cuando Jesús en el versículo 15, enseña sobre cómo rescatar al hermano que pecó o me ofendió, empieza con la frase “Por tanto“, esto significa que es una conexión directa con lo que estaba hablando, y si leemos el contexto, viene de hablar de la oveja perdida. 

Cuando mi hermano peca, incluso si es contra mi directamente, eso no nos da el derecho para difamar contra él, más bien tenemos el deber de rescatarle, de hacerle ver su pecado. Ese hermano que pecó es la oveja perdida, y Jesús nos ordena (sin más opciones) a ir a rescatarla, hacerle ver su falta, intentar una y otra vez, para ganar de nuevo a mi hermano. 

Ojalá podamos imitar aunque sea un poquito la actitud de Jesús cuando alguien falla y no simplemente sentarnos en la silla de los fariseos, cada uno con su piedra para rematar al hermano herido que necesita ser auxiliado. 

 

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